martes, 5 de noviembre de 2013

¿CUESTIÓN DE PERCEPCIÓN O REALIDAD?

Por: Luis Alejandro Muñoz. Estudiante programa de Ciencias Política, Universidad EAFIT.
¿Quién se quiere subir a la barca de los locos? La distorsionada política nacional sufre constantemente tropiezos y confusas situaciones que suelen dejar en entre dicho el rumbo que llevaremos en los próximos años.  Si bien para la gran mayoría de  colombianos es difícil creer en la política como principio en el que legitima sus acciones en cuanto a la vida pública, es innegable que como acto de fe sigue eligiendo unos líderes en los que deposita sus esperanzas, sus derechos y por qué no su noción de país.
Pueden ser alcaldes, senadores, ministros y hasta el presidente, sea cual sea su partido, en los últimos años los ha cubierto un velo de desprestigio. Estos personajes en su gran mayoría son poco conocidos, pero abundan en épocas electorales con sonrisas dóciles, slogans efectistas y en lo cotidiano, si no fuera por los continuos escándalos que en Colombia se destapan día a día, pasarían desapercibidos para el ciudadano de a pie.
Al preguntarle a varias colombianos como definirían a un senador en una palabra, entre las respuestas más comunes están: “corrupto”, “asesino”, “ladrón”… términos ácidos y bastante fuertes que son la evidencia de una escasa formación en lo político, en lo público y lo que es peor, una muestra de la indiferencia que aqueja al país y que se manifiesta radicalmente en la pérdida progresiva de identidad nacional.
Esta dinámica  genera un sin sabor en la ciudadanía, cada vez es más fuerte cierto sentimiento de vergüenza que no tiene lugar en un país rico como lo es Colombia. La desconfianza se ha adueñado de todo y de todos, predomina  el virus de la guerra al que cada uno quiere huirle pero al que generalmente termina frecuentando y de vez en cuando como quien olvida algo de poca importancia escuchamos ante acciones bélicas o sucesos violentos – de cualquier bando- un: “es que eso era necesario” excusa que pone de manifiesto la tan famosa idea de Nicolás Maquiavelo “el fin justifica los medios”.
Hay situaciones  de absoluta perplejidad al ver que incluso ya lo único que importa como ciudadanos es sentirnos “seguros”, porque a pesar de la fuerza militar en las ciudades se sigue robando, asesinando, violando derechos, los desplazados siguen corriendo de pueblo en pueblo, huyéndole a la realidad de esta barca enloquecida. Esta situación solo nos genera preguntas, entre las que hay dos fundamentales: ¿qué es la seguridad nacional, y acaso la tenemos? ¿Por qué se ha votado en las  elecciones en los últimos 20 años?
Muchos dicen que Colombia se está transformando y que esto hace parte de su desarrollo, pero me pregunto ¿a costa de qué es esa transformación? Los delincuentes  son más niños que adultos y el consumo excesivo crece constantemente en barrios, ciudades, pueblos y veredas. Es difícil tener esperanzas en este panorama, más cuando nuestras discusiones se dan mediante redes sociales y otros planos que en vez plantear debates serios e informados, nos ponen a pensar al ver como políticos se sacan como se dice popularmente “los trapitos al sol” actos de continuo desprestigio, dejando en entre dicho inclusive sus ideologías, nombres y partidos.
Este tipo de ejercicio político nos pone a pensar si vamos a terminar acostumbrándonos a tener un país estático, viendo que personas muy criticadas - también defendidas a nivel nacional- con investigaciones por delitos graves, se presentan en escenarios de participación ciudadana y de toma de decisiones sin ninguna consecuencia. Basta con mirar un solo día nuestras redes sociales y ver como se desquebraja con cada palabra y pelea de nuestros ilustres personajes de la política nacional para perder la esperanza en la colectividad y por su puesto en su papel representando el estado.
Hay que  entender que muchos al escuchar la palabra política piensan solo en lo negativo y el desencanto, no obstante es necesario pensar en acciones ciudadanas, en ejercicios colectivos que nos permitan asumir la responsabilidad de cada uno, no ejercer el voto como una acción para buscar salvadores que nos liberen de nuestros deberes civiles, sino como una práctica consiente. Se trata de coger el timón del ejercicio ciudadano para que esta barca se deshaga de ésta locura.

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