Por:
Luis Alejandro Muñoz. Estudiante programa de Ciencias Política, Universidad
EAFIT.
¿Quién
se quiere subir a la barca de los locos? La distorsionada política nacional
sufre constantemente tropiezos y confusas situaciones que suelen dejar en entre
dicho el rumbo que llevaremos en los próximos años. Si bien para la gran mayoría de colombianos es difícil creer en la política
como principio en el que legitima sus acciones en cuanto a la vida pública, es
innegable que como acto de fe sigue eligiendo unos líderes en los que deposita
sus esperanzas, sus derechos y por qué no su noción de país.
Pueden
ser alcaldes, senadores, ministros y hasta el presidente, sea cual sea su
partido, en los últimos años los ha cubierto un velo de desprestigio. Estos
personajes en su gran mayoría son poco conocidos, pero abundan en épocas
electorales con sonrisas dóciles, slogans efectistas y en lo cotidiano, si no
fuera por los continuos escándalos que en Colombia se destapan día a día,
pasarían desapercibidos para el ciudadano de a pie.
Al preguntarle
a varias colombianos como definirían a un senador en una palabra, entre las
respuestas más comunes están: “corrupto”, “asesino”, “ladrón”… términos ácidos
y bastante fuertes que son la evidencia de una escasa formación en lo político,
en lo público y lo que es peor, una muestra de la indiferencia que aqueja al
país y que se manifiesta radicalmente en la pérdida progresiva de identidad
nacional.
Esta
dinámica genera un sin sabor en la
ciudadanía, cada vez es más fuerte cierto sentimiento de vergüenza que no tiene
lugar en un país rico como lo es Colombia. La desconfianza se ha adueñado de todo
y de todos, predomina el virus de la
guerra al que cada uno quiere huirle pero al que generalmente termina
frecuentando y de vez en cuando como quien olvida algo de poca importancia
escuchamos ante acciones bélicas o sucesos violentos – de cualquier bando- un:
“es que eso era necesario” excusa que pone de manifiesto la tan famosa idea de
Nicolás Maquiavelo “el fin justifica los medios”.
Hay
situaciones de absoluta perplejidad al
ver que incluso ya lo único que importa como ciudadanos es sentirnos “seguros”,
porque a pesar de la fuerza militar en las ciudades se sigue robando,
asesinando, violando derechos, los desplazados siguen corriendo de pueblo en
pueblo, huyéndole a la realidad de esta barca enloquecida. Esta situación solo
nos genera preguntas, entre las que hay dos fundamentales: ¿qué es la seguridad
nacional, y acaso la tenemos? ¿Por qué se ha votado en las elecciones en los últimos 20 años?
Muchos
dicen que Colombia se está transformando y que esto hace parte de su
desarrollo, pero me pregunto ¿a costa de qué es esa transformación? Los delincuentes son más niños que adultos y el consumo
excesivo crece constantemente en barrios, ciudades, pueblos y veredas. Es
difícil tener esperanzas en este panorama, más cuando nuestras discusiones se
dan mediante redes sociales y otros planos que en vez plantear debates serios e
informados, nos ponen a pensar al ver como políticos se sacan como se dice
popularmente “los trapitos al sol” actos de continuo desprestigio, dejando en
entre dicho inclusive sus ideologías, nombres y partidos.
Este
tipo de ejercicio político nos pone a pensar si vamos a terminar acostumbrándonos
a tener un país estático, viendo que personas muy criticadas - también defendidas
a nivel nacional- con investigaciones por delitos graves, se presentan en
escenarios de participación ciudadana y de toma de decisiones sin ninguna
consecuencia. Basta con mirar un solo día nuestras redes sociales y ver como se
desquebraja con cada palabra y pelea de nuestros ilustres personajes de la
política nacional para perder la esperanza en la colectividad y por su puesto
en su papel representando el estado.
Hay
que entender que muchos al escuchar la
palabra política piensan solo en lo negativo y el desencanto, no obstante es
necesario pensar en acciones ciudadanas, en ejercicios colectivos que nos
permitan asumir la responsabilidad de cada uno, no ejercer el voto como una
acción para buscar salvadores que nos liberen de nuestros deberes civiles, sino
como una práctica consiente. Se trata de coger el timón del ejercicio ciudadano
para que esta barca se deshaga de ésta locura.
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